Socialistas, anarquistas y sindicalistas
A pesar de los grandes éxitos y del rápido
crecimiento del P. S. otra corriente ideológica se
imponía con más fuerza aún en el naciente movimiento
obrero: el anarquismo. El anarquismo tuvo, en Argentina,
figuras de relieve internacional -como los italianos
Enrico Malatesta y Pietro Gori- y muchos otros
militantes de extraordinario valor. Las disputas entre
socialistas y anarquistas caracterizaron los primeros
cuarenta años de movimiento obrero argentino. Estas
diferencias se manifestaron ya como un grave obstáculo
en la primera Federación de los trabajadores, que se
fundó por iniciativa del "Comité Obrero Internacional",
de marcada tendencia socialista. Entre las resoluciones
que precipitaron su crisis y posterior disolución
figuraba la de formular ''un programa análogo al de los
Partidos obreros europeos". Los anarquistas reaccionaron
violentamente y, encabezadas por Malatesta, se
retiraron. En realidad, en la Federación no estaban nada
claras las diferencias entre un organismo de
"resistencia" o de lucha "económica" -como se denominaba
a los sindicatos- y un partido político. Para los
anarquistas, partidarios de la acción directa y
espontánea de las masas, los organismos de resistencia
eran fundamentales en la lucha de la clase obrera por su
liberación, porque eran los cauces naturales a través de
los cuales se manifestaba la solidaridad de los
trabajadores en una lucha frontal contra el estado
burgués que querían destruir. Los partidos políticos, en
cambio, aún cuando fueran obreros eran, en realidad, un
instrumento burgués que distraía a las masas y frenaba
su combatividad. Los socialistas pensaban que ambos
terrenos tenían que ser aprovechados: los organismos de
resistencia como primer paso en la toma de conciencia
del proletariado, aunque limitado al plano de las
reivindicaciones económicas, y el partido político para
la lucha política propiamente dicha, a través de lo cual
el proletariado disputa a la burguesía el poder mismo
del estado que, una vez obtenido, se utilizaría en
beneficio de los trabajadores para suprimir la propiedad
privada de los medios de producción. Para los
anarquistas esto último era sustituir un totalitarismo
por otro: la solución era simplemente la disolución del
estado. Una tercera corriente, nacida más tarde, los
sindicalistas revolucionarlos -seguidores del francés
Sorel-, sostenían en definitiva algo similar a los
anarquistas, porque proponían como modo fundamental de
lucha la huelga general, que era lo que demostraba la
enorme fuerza del proletariado y que destruiría el
estado burgués para reemplazarlo por los sindicatos, así
como los títulos de propiedad pasarían de manos del
patrón a manos de los obreros.
Luego de a disolución de la primera Federación de los trabajadores hubo dos nuevos intentos fallidos, pero el auge tomado por las luchas obreras al comenzar el siglo alentaron en 1901 la creación de la F.O.A. (Federación Obrera Argentina), en la que socialistas y anarquistas luego de encarnizadas polémicas, llegaron a un acuerdo sobre la base de la neutralidad política: la Federación no tendría "compromisos de ninguna clase con el Partido Socialista ni Anarquista" y la organización era caracterizada como "pura y exclusivamente de resistencia''. Pero el acuerdo se mostró precario y muy poco después los socialistas se retiraron formando la U.G.T. (Unión General de Trabajadores). Sin embargo, en 1902 anarquistas y socialistas habían sufrido juntos el rigor de la represión policial y militar, luego de la huelga general de ese año propuesta por los anarquistas, quienes controlaban ya una mayoría considerable de las organizaciones gremiales. La escalada represiva culminó con la "ley de residencia", instrumento terrible que sirvió al régimen para expulsar del país a muchos militantes obreros y cuya derogación pasó a ser una de ras preocupaciones principales de la lucha obrera. También en 1904 a raíz de una huelga en Rosario que había culminado en una represión sangrienta, se desata una huelga general de 48 horas declarada por las dos centrales obreras. La oportunidad fue aprovechada por la U.G.T. para proponer un pacto de solidaridad y coordinación entre todas las asociaciones obreras; sin embargo la F.O.R.A. (la F.O.A. pasó a llamarse Federación Obrera Regional Argentina), que estaba en su momento de mayor expansión -reunía 103 organizaciones- rechazó la propuesta y recomendó en cambio" inculcar a los obreros los principios económicos y filosóficos del comunismo anárquico".
No sólo era la posición sectaria de los anarquistas lo que ya comenzaba a aislar en el plano gremial a los socialistas; también es cierto que el triunfo electoral de Palacios y el acercamiento de la juventud comenzaron a inquietar a los militantes obreros, que vieron crecer una tendencia puramente electoralista. Por otra parte, es necesario reconocer que, a pesar del "cientificismo" del partido, los problemas teóricos del socialismo no se trataban demasiado rigurosamente. La voz cantante en este sentido la llevaba el jefe indiscutido, Juan B. Justo de una personalidad fuerte y con condiciones de dirigente. Justo había estudiado a Marx, como que fue traductor de El Capital, (no como Repetto que lo había leído, según su propia confesión, por el resumen del francés Deville). Coincidía Justo con los revisionistas alemanes encabezados por Bernstein, que decían no estar de acuerdo con cuestiones "no esenciales" del marxismo. De estas cuestiones "no esenciales" era clave el problema de la dialéctica. La dialéctica les resultaba, tanto a Justo como a Bernstein, un resabio de la metafísica alemana que no tenía ninguna justificación dentro de la teoría científica marxista. Suprimida la dialéctica, se interpretaba que los cambios históricos se producen en una serie gradual y progresiva. Esta era la justificación por la cual el P.S. debía escalar gradualmente posiciones en la política general, y en la parlamentaria en particular, y demostrar desde todas las tribunas la superioridad de la doctrina socialista basada en un análisis científico de la sociedad. Pero esta pendiente parlamentaria por la que se deslizaba el partido (que se acentuó notablemente luego de la ley electoral de 1912) comenzó a darle más confianza en la acción legislativa que en la lucha "económica" o de resistencia de la clase obrera, así mismo endureció la intransigencia anarquista frente a la lucha política y aun frente a los intentos de unidad, con organizaciones sindicales socialistas, sobre la base de la neutralidad política. Los socialistas eran considerados reformistas y sus actividades políticas, sobre todo electorales, como una traición al proletariado.
Muchos concejales o diputados socialistas fueron expulsados de congresos obreros por no aceptar la exigencia de renunciar a sus cargos políticos. Esto fue acentuando también, dentro del partido, una especie de división del trabajo entre obreros militantes sindicales y jóvenes intelectuales parlamentarios, la cual operaba en perjuicio de los primeros respecto de los cargos en la dirección partidaria. Sin embargo, justo es afirmar que esta tendencia era aun insuficiente: recién comenzará a ser poderosa a partir de la ley Sáenz Peña de 1912
Este relativo abandono de la lucha económica permitió que a partir de 1903 comenzara a penetrar en el seno mismo del partido la corriente sindicalista revolucionaria, cuyas características más generales ya hemos señalado. A ella adhirieron, como es lógico, los militantes sindicales del partido y llegaron a formar una tendencia interna importante, hasta que el tercer congreso partidario, realizado en Junín en 1906, invitó, por propuesta de Repetto a que los sindicalistas abandonaran el partido. La sangría fue importante porque con ellos se iban la mayor parte de los gremios adheridos a la U.G.T., pero facilitó otros intentos de unión de la clase obrera ya que, luego de los sangrientos sucesos de enero de 1909 -que desataron una huelga general (propuesta por el socialista Dickman)- muchos sindicatos anarquistas comenzaron a considerar las posibilidades de unión con sindicalistas y socialistas y, a pesar de que la FORA rechazó oficialmente la unión, algunos de sus sindicatos pasaron a formar, junto con la UGT, la nueva Confederación Obrera Regional Argentina (C.O.R.A.), dejando algo reducida a la FORA, que permanecía en una posición totalmente intransigente. Poco después la brutal represión del año del Centenario destruyó prácticamente tanto a la CORA como a la FORA; fueron encarcelados sus dirigentes y destruidas sus organizaciones. Con el resurgimiento de las luchas obreras se vuelve a plantear, en 1915, el problema de la unión del movimiento obrero, que fue aceptada en el IX Congreso de la FORA. Unos pocos sindicatos anarquistas no aceptaron la unión y se retiraron para formar la FORA del V Congreso, mientras el resto de la FORA más la CORA pasa a llamarse la FORA del IX Congreso.
Luego de a disolución de la primera Federación de los trabajadores hubo dos nuevos intentos fallidos, pero el auge tomado por las luchas obreras al comenzar el siglo alentaron en 1901 la creación de la F.O.A. (Federación Obrera Argentina), en la que socialistas y anarquistas luego de encarnizadas polémicas, llegaron a un acuerdo sobre la base de la neutralidad política: la Federación no tendría "compromisos de ninguna clase con el Partido Socialista ni Anarquista" y la organización era caracterizada como "pura y exclusivamente de resistencia''. Pero el acuerdo se mostró precario y muy poco después los socialistas se retiraron formando la U.G.T. (Unión General de Trabajadores). Sin embargo, en 1902 anarquistas y socialistas habían sufrido juntos el rigor de la represión policial y militar, luego de la huelga general de ese año propuesta por los anarquistas, quienes controlaban ya una mayoría considerable de las organizaciones gremiales. La escalada represiva culminó con la "ley de residencia", instrumento terrible que sirvió al régimen para expulsar del país a muchos militantes obreros y cuya derogación pasó a ser una de ras preocupaciones principales de la lucha obrera. También en 1904 a raíz de una huelga en Rosario que había culminado en una represión sangrienta, se desata una huelga general de 48 horas declarada por las dos centrales obreras. La oportunidad fue aprovechada por la U.G.T. para proponer un pacto de solidaridad y coordinación entre todas las asociaciones obreras; sin embargo la F.O.R.A. (la F.O.A. pasó a llamarse Federación Obrera Regional Argentina), que estaba en su momento de mayor expansión -reunía 103 organizaciones- rechazó la propuesta y recomendó en cambio" inculcar a los obreros los principios económicos y filosóficos del comunismo anárquico".
No sólo era la posición sectaria de los anarquistas lo que ya comenzaba a aislar en el plano gremial a los socialistas; también es cierto que el triunfo electoral de Palacios y el acercamiento de la juventud comenzaron a inquietar a los militantes obreros, que vieron crecer una tendencia puramente electoralista. Por otra parte, es necesario reconocer que, a pesar del "cientificismo" del partido, los problemas teóricos del socialismo no se trataban demasiado rigurosamente. La voz cantante en este sentido la llevaba el jefe indiscutido, Juan B. Justo de una personalidad fuerte y con condiciones de dirigente. Justo había estudiado a Marx, como que fue traductor de El Capital, (no como Repetto que lo había leído, según su propia confesión, por el resumen del francés Deville). Coincidía Justo con los revisionistas alemanes encabezados por Bernstein, que decían no estar de acuerdo con cuestiones "no esenciales" del marxismo. De estas cuestiones "no esenciales" era clave el problema de la dialéctica. La dialéctica les resultaba, tanto a Justo como a Bernstein, un resabio de la metafísica alemana que no tenía ninguna justificación dentro de la teoría científica marxista. Suprimida la dialéctica, se interpretaba que los cambios históricos se producen en una serie gradual y progresiva. Esta era la justificación por la cual el P.S. debía escalar gradualmente posiciones en la política general, y en la parlamentaria en particular, y demostrar desde todas las tribunas la superioridad de la doctrina socialista basada en un análisis científico de la sociedad. Pero esta pendiente parlamentaria por la que se deslizaba el partido (que se acentuó notablemente luego de la ley electoral de 1912) comenzó a darle más confianza en la acción legislativa que en la lucha "económica" o de resistencia de la clase obrera, así mismo endureció la intransigencia anarquista frente a la lucha política y aun frente a los intentos de unidad, con organizaciones sindicales socialistas, sobre la base de la neutralidad política. Los socialistas eran considerados reformistas y sus actividades políticas, sobre todo electorales, como una traición al proletariado.
Muchos concejales o diputados socialistas fueron expulsados de congresos obreros por no aceptar la exigencia de renunciar a sus cargos políticos. Esto fue acentuando también, dentro del partido, una especie de división del trabajo entre obreros militantes sindicales y jóvenes intelectuales parlamentarios, la cual operaba en perjuicio de los primeros respecto de los cargos en la dirección partidaria. Sin embargo, justo es afirmar que esta tendencia era aun insuficiente: recién comenzará a ser poderosa a partir de la ley Sáenz Peña de 1912
Este relativo abandono de la lucha económica permitió que a partir de 1903 comenzara a penetrar en el seno mismo del partido la corriente sindicalista revolucionaria, cuyas características más generales ya hemos señalado. A ella adhirieron, como es lógico, los militantes sindicales del partido y llegaron a formar una tendencia interna importante, hasta que el tercer congreso partidario, realizado en Junín en 1906, invitó, por propuesta de Repetto a que los sindicalistas abandonaran el partido. La sangría fue importante porque con ellos se iban la mayor parte de los gremios adheridos a la U.G.T., pero facilitó otros intentos de unión de la clase obrera ya que, luego de los sangrientos sucesos de enero de 1909 -que desataron una huelga general (propuesta por el socialista Dickman)- muchos sindicatos anarquistas comenzaron a considerar las posibilidades de unión con sindicalistas y socialistas y, a pesar de que la FORA rechazó oficialmente la unión, algunos de sus sindicatos pasaron a formar, junto con la UGT, la nueva Confederación Obrera Regional Argentina (C.O.R.A.), dejando algo reducida a la FORA, que permanecía en una posición totalmente intransigente. Poco después la brutal represión del año del Centenario destruyó prácticamente tanto a la CORA como a la FORA; fueron encarcelados sus dirigentes y destruidas sus organizaciones. Con el resurgimiento de las luchas obreras se vuelve a plantear, en 1915, el problema de la unión del movimiento obrero, que fue aceptada en el IX Congreso de la FORA. Unos pocos sindicatos anarquistas no aceptaron la unión y se retiraron para formar la FORA del V Congreso, mientras el resto de la FORA más la CORA pasa a llamarse la FORA del IX Congreso.
La ley
Sáenz Peña
Cuando Roque Sáenz Peña asumió la presidencia,
en 1910, culminaba una década de agitación social,
huelgas, refriegas callejeras, manifestaciones, que no
habían podido impedir ni la represión a policial ni las
leyes especiales. El movimiento obrero podía esgrimir
muchas conquistas ganadas por su propio esfuerzo:
reglamentación del trabajo de mujeres y niños jornada de
ocho horas, varias huelgas triunfantes gran crecimiento
de afiliados en los sindicatos y la entrada del
primer diputado socialista en el Congreso. Pero no
sólo el movimiento obrero había dado batallas
importantes; también la pequeña burguesía y la burguesía
liberal habían jaqueado a la oligarquía, pidiendo la
anulación del fraude electoral y la vigencia de una
democracia parlamentaria, pero todavía no se había
logrado formar un frente común contra la oligarquía.
La Ley electoral de Sáenz Peña venía justamente a abrir las compuertas para que no se desmoronara el dique. Entregaba los resortes del poder formal y se guardaba el poder real Lanzaba a radicales y socialistas a la competencia electoral y como los radicales lograban mayoría estimulaba a los socialistas para enfrentarlos. A esto contribuía el hecho de que en las primeras elecciones realizadas en 1912 por este sistema los radicales obtuvieron la mayoría por Capital y los socialistas la minoría, llevando a la Cámara dos diputados, Palacios y Justo. El P.S. volvía al Parlamento luego de una ausencia de cuatro años, o sea, desde la finalización del primer mandato de Palacios, en 1908. En poco tiempo el crecimiento electoral en Capital Federal será vertiginoso; en 1913 se convoca a elecciones para designar dos diputados y un senador por Capital: el resultado es una rotunda victoria de los socialistas. Se cubren las vacantes con Nicolás Repetto y Mario Bravo como diputados y Del Valle Iberlucea como senador. En 1914 vuelven a ganar la mayoría por Capital (siete diputados sobre un total de diez). Estas elecciones, que fueron nacionales, si bien demostraron la persistente adhesión del electorado porteño pusieron de manifiesto la debilidad del partido en el interior, donde no obtuvo ningún diputado.
De todas maneras el P.S. era ampliamente optimista: el sufragio electoral parecía darle las armas para la victoria. Se reconocía la mayor popularidad y peso nacional del radicalismo, pero se lo veía como un enemigo relativamente fácil porque no tenía las virtudes de la oligarquía (ilustración y capacidad), aunque compartía sus defectos (personalismo, caudillismo, "política criolla" en suma). Una vez desgastados los radicales en el poder -ya que era inminente la llegada de Hipólito Irigoyen al gobierno- los socialistas se convertirían en la única opción posible, apoyados por su prestigio de legisladores capaces y honrados. A la “política criolla” como característica de un pueblo atrasado y semibárbaro había que contraponer la ciencia del partido socialista, algo así como la oposición entre "civilización y barbarie" propuesta por Sarmiento. Esta misma explicación se usaba para justificar los fracasos electorales en el interior, adonde no había llegado el progreso; en cambio, en la civilizada Buenos Aires el triunfo comprobaba la justeza de la línea del partido. El triunfo total se daría cuando la "civilización" llegara también al interior y, por lo tanto la acción del partido socialista debería estar encaminada hacia la aceleración del progreso nacional.
Siguiendo este razonamiento se llegaría a la necesidad de impulsar el desarrollo industrial para aumentar el peso de la clase obrera; pero nada más alejado de la doctrina sostenida por el partido, ya que el desarrollo industrial requiere protección aduanera para ampliar el mercado interno y los socialistas eran enemigos de todo proteccionismo y defensores del libre juego de la oferta y la demanda. Según creían, los impuestos a la importación encarecían los artículos de consumo de la clase obrera; claro que como la oligarquía exportadora no necesitaba la ampliación del mercado interno mantenía los salarios todo lo bajo que era posible.
En la defensa de este tipo de medidas que garantizaban el funcionamiento del sistema agro importador coincidían evidentemente socialistas y conservadores. Pero además, como consecuencia lógica de los planteos anteriores, los socialistas consideraban que el capital extranjero era un elemento civilizador que, juntamente con la inmigración y un sector ilustrado de la oligarquía, había creado la prosperidad de la pampa húmeda. Se consideraban antiimperialistas en el sentido de oponerse a la intervención norteamericana en el continente (y coincidían también en esto con la oligarquía, pero, en cambio, tenían profunda admiración por el imperio Británico, que cumplía en la Argentina una misión civilizadora.
En este sentido es bastante elocuente esta frase de Juan B. Justo: "Suprimidos o sometidos los pueblos salvajes y bárbaros (por los pueblos "civilizados") incorporados todos los hombres a lo que hoy llamamos civilización, el mundo se habrá acercado más a la unidad y a la paz, la que ha de traducirse en mayor uniformidad del progreso" (Teoría y práctica de la Historia).
Así se entendía que en los países civilizados donde las luchas políticas y sociales eran menos violentas y, por el contrario, se discutían razonablemente en el seno del parlamento, la clase obrera obtuviera mayores beneficios y más altos salarios. Dentro de este planteo no cabía siquiera la hipótesis de que los salarios más altos pagados a los obreros del país imperialista eran posibles por la superexplotación a que eran sometidos los trabajadores del país dependiente por las oligarquías nativas y el capital extranjero. Todos estos razonamientos conducían a la conclusión de que la Argentina era un país a mitad de camino y debía completar su progreso adoptando todas las modalidades políticas sociales y económicas de los países plenamente civilizados. Cuenta Repetto en Mí paso por la política su primera conferencia dada en el Partido sobre el tema "Socialismo y civilización": ''Yo había hecho colocar delante del auditorio un gran lienzo blanco cubierto de cifras y leyendas pintadas en negro. Figuraban los principales países de Europa cada uno con la superficie, número de habitantes, longitud de vías férreas, telegráficas y telefónicas, producción industrial, escuelas universidades, proporción de analfabetos y representación parlamentaria. Estos datos me sirvieron para determinar el respectivo grado de civilización de los países considerados y para demostrar que la representación parlamentaria socialista era tanto mayor cuando mayor era el grado de civilización del país considerado" O sea, a mayor civilización correspondía más socialismo.
Era necesario entonces un parlamento que funcionara como tal con legisladores honestos y capaces y un movimiento sindical razonable que no recurriera a la violencia sino a la persuasión. "El partido Socialista aconsejaba sensatez y moderación a los obreros y al gobierno" porque a la violencia "contribuyeron los anarquistas de abajo, los obreros, y los anarquistas de arriba, gobernantes de entonces" (Dickman. Recuerdos de un militante socialista). La oligarquía y los anarquistas estaban sumiendo al país en el caos y la violencia: por eso era importante la labor cultural: "Comprendimos que sin una intensa y extensa labor cultural consistente en la difusión de conocimientos positivos, de verdades científicas, de nociones estéticas y de preceptos éticos, el pueblo trabajador andaría a tientas..." (ídem). Queda claro que la lucha de clases que se proclamaba quedaba bastante relegada para dar lugar, más bien, a la colaboración de clases, condición indispensable para que el país se civilizara.
La Ley electoral de Sáenz Peña venía justamente a abrir las compuertas para que no se desmoronara el dique. Entregaba los resortes del poder formal y se guardaba el poder real Lanzaba a radicales y socialistas a la competencia electoral y como los radicales lograban mayoría estimulaba a los socialistas para enfrentarlos. A esto contribuía el hecho de que en las primeras elecciones realizadas en 1912 por este sistema los radicales obtuvieron la mayoría por Capital y los socialistas la minoría, llevando a la Cámara dos diputados, Palacios y Justo. El P.S. volvía al Parlamento luego de una ausencia de cuatro años, o sea, desde la finalización del primer mandato de Palacios, en 1908. En poco tiempo el crecimiento electoral en Capital Federal será vertiginoso; en 1913 se convoca a elecciones para designar dos diputados y un senador por Capital: el resultado es una rotunda victoria de los socialistas. Se cubren las vacantes con Nicolás Repetto y Mario Bravo como diputados y Del Valle Iberlucea como senador. En 1914 vuelven a ganar la mayoría por Capital (siete diputados sobre un total de diez). Estas elecciones, que fueron nacionales, si bien demostraron la persistente adhesión del electorado porteño pusieron de manifiesto la debilidad del partido en el interior, donde no obtuvo ningún diputado.
De todas maneras el P.S. era ampliamente optimista: el sufragio electoral parecía darle las armas para la victoria. Se reconocía la mayor popularidad y peso nacional del radicalismo, pero se lo veía como un enemigo relativamente fácil porque no tenía las virtudes de la oligarquía (ilustración y capacidad), aunque compartía sus defectos (personalismo, caudillismo, "política criolla" en suma). Una vez desgastados los radicales en el poder -ya que era inminente la llegada de Hipólito Irigoyen al gobierno- los socialistas se convertirían en la única opción posible, apoyados por su prestigio de legisladores capaces y honrados. A la “política criolla” como característica de un pueblo atrasado y semibárbaro había que contraponer la ciencia del partido socialista, algo así como la oposición entre "civilización y barbarie" propuesta por Sarmiento. Esta misma explicación se usaba para justificar los fracasos electorales en el interior, adonde no había llegado el progreso; en cambio, en la civilizada Buenos Aires el triunfo comprobaba la justeza de la línea del partido. El triunfo total se daría cuando la "civilización" llegara también al interior y, por lo tanto la acción del partido socialista debería estar encaminada hacia la aceleración del progreso nacional.
Siguiendo este razonamiento se llegaría a la necesidad de impulsar el desarrollo industrial para aumentar el peso de la clase obrera; pero nada más alejado de la doctrina sostenida por el partido, ya que el desarrollo industrial requiere protección aduanera para ampliar el mercado interno y los socialistas eran enemigos de todo proteccionismo y defensores del libre juego de la oferta y la demanda. Según creían, los impuestos a la importación encarecían los artículos de consumo de la clase obrera; claro que como la oligarquía exportadora no necesitaba la ampliación del mercado interno mantenía los salarios todo lo bajo que era posible.
En la defensa de este tipo de medidas que garantizaban el funcionamiento del sistema agro importador coincidían evidentemente socialistas y conservadores. Pero además, como consecuencia lógica de los planteos anteriores, los socialistas consideraban que el capital extranjero era un elemento civilizador que, juntamente con la inmigración y un sector ilustrado de la oligarquía, había creado la prosperidad de la pampa húmeda. Se consideraban antiimperialistas en el sentido de oponerse a la intervención norteamericana en el continente (y coincidían también en esto con la oligarquía, pero, en cambio, tenían profunda admiración por el imperio Británico, que cumplía en la Argentina una misión civilizadora.
En este sentido es bastante elocuente esta frase de Juan B. Justo: "Suprimidos o sometidos los pueblos salvajes y bárbaros (por los pueblos "civilizados") incorporados todos los hombres a lo que hoy llamamos civilización, el mundo se habrá acercado más a la unidad y a la paz, la que ha de traducirse en mayor uniformidad del progreso" (Teoría y práctica de la Historia).
Así se entendía que en los países civilizados donde las luchas políticas y sociales eran menos violentas y, por el contrario, se discutían razonablemente en el seno del parlamento, la clase obrera obtuviera mayores beneficios y más altos salarios. Dentro de este planteo no cabía siquiera la hipótesis de que los salarios más altos pagados a los obreros del país imperialista eran posibles por la superexplotación a que eran sometidos los trabajadores del país dependiente por las oligarquías nativas y el capital extranjero. Todos estos razonamientos conducían a la conclusión de que la Argentina era un país a mitad de camino y debía completar su progreso adoptando todas las modalidades políticas sociales y económicas de los países plenamente civilizados. Cuenta Repetto en Mí paso por la política su primera conferencia dada en el Partido sobre el tema "Socialismo y civilización": ''Yo había hecho colocar delante del auditorio un gran lienzo blanco cubierto de cifras y leyendas pintadas en negro. Figuraban los principales países de Europa cada uno con la superficie, número de habitantes, longitud de vías férreas, telegráficas y telefónicas, producción industrial, escuelas universidades, proporción de analfabetos y representación parlamentaria. Estos datos me sirvieron para determinar el respectivo grado de civilización de los países considerados y para demostrar que la representación parlamentaria socialista era tanto mayor cuando mayor era el grado de civilización del país considerado" O sea, a mayor civilización correspondía más socialismo.
Era necesario entonces un parlamento que funcionara como tal con legisladores honestos y capaces y un movimiento sindical razonable que no recurriera a la violencia sino a la persuasión. "El partido Socialista aconsejaba sensatez y moderación a los obreros y al gobierno" porque a la violencia "contribuyeron los anarquistas de abajo, los obreros, y los anarquistas de arriba, gobernantes de entonces" (Dickman. Recuerdos de un militante socialista). La oligarquía y los anarquistas estaban sumiendo al país en el caos y la violencia: por eso era importante la labor cultural: "Comprendimos que sin una intensa y extensa labor cultural consistente en la difusión de conocimientos positivos, de verdades científicas, de nociones estéticas y de preceptos éticos, el pueblo trabajador andaría a tientas..." (ídem). Queda claro que la lucha de clases que se proclamaba quedaba bastante relegada para dar lugar, más bien, a la colaboración de clases, condición indispensable para que el país se civilizara.
El "Palacismo"
Hemos dicho que el
ideólogo indiscutido era
Juan B. Justo,
considerado unánimemente como el "maestro" (seguramente
por sus inclinaciones pedagógicas). Sin embargo,
Alfredo Palacios adoptó posiciones diferentes en
muchas ocasiones. Era considerado el "nacionalista" del
partido. Esta posición tenía antecedentes cercanos en la
polémica que
Manuel Ugarte había tenido en 1913
con la dirección del partido a propósito de la encendida
defensa, que aquél sostuviera, de los derechos de
Colombia sobre Panamá. Planteaba
Ugarte la
necesidad de oponerse a la expansión del imperialismo
yanqui, para lo cual América Latina (la "Patria Grande")
debía unirse. Sostenía, incluso, que el partido
Socialista debía abandonar el internacionalismo
proletario y adoptar una posición nacional-burguesa, o
sea, defender el desarrollo del capitalismo nacional.
Una vez "nacionalizado el socialismo, éste debía
extenderse de la capital a las provincias, dejando de
ser una minoría en las cámaras, para cobrar voluntad y
llegar hasta el poder" (Ugarte El destino de un
Continente). El partido contestó desde
La vanguardia:
"No es exhibiendo el
espantajo del imperialismo yanqui como se van a
redimir de la tiranía interna y de la posible presión
exterior los pueblos latinoamericanos. Es realizando la
gran obra constructiva de elevación económica, política
y social del pueblo trabajador como se asegurará la
autonomía y la independencia nacional y la fraternidad y
solidaridad internacionales" (citado por J. G. Vazeilles).
Ugarte, finalmente renunció a su candidatura de senador (que cubrió del Valle Iberlucea) y se retiró también del partido con un pequeño número de simpatizantes, Palacios compartía el romántico ideal latinoamericano de Ugarte y no vacilaba en auto titularse "no marxista", mientras la izquierda del partido lo caracterizaba como la cabeza de la línea liberal-burguesa. Pero a pesar de ser considerado un desviacionista de derecha en muchos casos constituyó el ala izquierda, por lo menos respecto de la dirección. Palacios fue expulsado del partido en 1915. Una ''cuestión caballeresca" determinó la expulsión, ya que los estatutos partidarios prohibían expresamente batirse a duelo por considerarlo una actitud burguesa. Renunció también a su banca en la Cámara de Diputados. Algunas frases de su discurso de despedida son muy representativas del tono de su oratoria romántica y de su notable vanidad: "Una disidencia en materia de honor me separa del partido al que di los mejores años de mi vida, y debo irme, mi honor, señores diputados, es mi dignidad exteriorizada en el conjunto de autos que forman mi conducta y nada hay más subjetivo que la dignidad. No he de discutirlo (...) Me retiro de este recinto sin que un solo agravio, sin que un solo rencor manche mi espíritu, reafirmando, señores diputados, mi profunda fe socialista, no obstante el prejuicio caballeresco, que no he podido arrancar de mi alma, porque me viene de raza, porque lo tengo en mi sangre criolla y castellana!: prejuicio que, como socialista no puede avergonzarme: lo tuvo Lasalle, el maestro a la vez que caballero sin tacha; lo tuvo Jaurés, apóstol de la paz y de a democracia moderna; lo tiene Vandelvelde, el sabio y austero compañero nuestro, hijo de la Bélgica inmortal."
Palacios fundó luego el Partido Socialista Argentino con algunos jóvenes que lo siguieron. Pero las "cuestiones caballerescas", aparte las disidencias de Palacios con el P.S.- no eran demasiado profundas. Por ejemplo respecto de la Revolución Rusa el P.S. no ocultó sus prevenciones y luego directamente, su oposición. Palacios apoya en cambio la táctica de los bolcheviques para lograr el poder e incluso la dictadura del proletariado proclamada por Lenin: La dictadura del proletariado que se apoya en cuatro millones de sindicatos y en más de 600.000 afiliados al Partido Comunista, fue necesaria en Rusia no porque ella surgiera de una frase de Marx sino porque así lo exigían las circunstancias especiales en las que se desarrollaba el drama estupendo cuyo escenario era Rusia" (Palacios El nuevo Derecho). Pero esto no significa que este ideológicamente de acuerdo: "No es la obra de los teóricos lo que apasiona. Cuando Lenin quiere ser ejecutor testamentario de Marx, es simplemente un fanático sin el sentido de las realidades y la ductibilidad que demuestra después en la acción" (ídem). En esas circunstancias particulares se justifica la dictadura del proletariado; en cambio en la Argentina ''Podemos concretar jurídicamente el socialismo, valiéndonos del propio derecho, para destruir el derecho en vigor, sin conmociones intensas...", y vuelve a coincidir con el P.S. cuando dice: "Para que los obreros piensen en reformas progresivas, sin violencias perturbadoras será preciso que nuestro parlamento deje sus pequeñas combinaciones electorales y se apresure a dictar leyes de justicia social. Mucho me temo que no lo haga por ineptitud y por pereza. Los universitarios, entre tanto, debemos reclamar constantemente esta renovación (ídem) Otra vez aparece la misión progresista de los socialistas que deben civilizar no sólo al pueblo sino también al parlamento.
Hemos hecho referencia ya al nacionalismo de Palacios y a su antiimperialismo. En efecto, Alfredo Palacios fue fundador y presidente en 1925, de la “Unión Latino Americana'' institución compuesta por intelectuales destinada a denunciar las intervenciones yanquis en el continente y a predicar el acercamiento entre los países latinoamericanos. Más tarde -durante la década del 30-, participó de varias comisiones encargadas de investigar la acción de los monopolios extranjeros. Pero combatía al imperialismo (especialmente el norteamericano) por sus abusos, aunque le reconocía un papel civilizador (especialmente al capital inglés): "El capital extranjero, rehuyendo el gravamen patriótico que imponen los países europeos, vendrá aquí en busca del mercado remunerativo. Vendrá porque tiene todas las garantías y es bueno que venga, pues nuestra característica de pueblo nuevo, en formación, sin reservas acumuladas nos demuestra la necesidad de atraerlo y de asegurarle garantías si queremos alguna vez transformar, nosotros mismos, nuestras materias primas" (Palacios. El nuevo Derecho) Nada demasiado distinto a la doctrina oficial.
Volviendo al Partido Socialista Argentino (PSA) fundado por Palacios, cabe agregar que éste asumió posiciones más combativas que el P.S.; por ejemplo, durante la Semana trágica" de enero de 1919. De todos modos, tuvo corta vida y poco éxito: y se disolvió en 1919. Su fundador volvió en 1931 al P.S. e, inmediatamente, fue elegido senador, aunque siguió batiéndose a duelo con todo entusiasmo. Durante los años de su alejamiento fue profesor universitario, llegó a rector en la Universidad de La Plata y adhirió activamente a la Reforma. Desde entonces arrastró tras de su figura a un sector de los estudiantes reformistas.
Ugarte, finalmente renunció a su candidatura de senador (que cubrió del Valle Iberlucea) y se retiró también del partido con un pequeño número de simpatizantes, Palacios compartía el romántico ideal latinoamericano de Ugarte y no vacilaba en auto titularse "no marxista", mientras la izquierda del partido lo caracterizaba como la cabeza de la línea liberal-burguesa. Pero a pesar de ser considerado un desviacionista de derecha en muchos casos constituyó el ala izquierda, por lo menos respecto de la dirección. Palacios fue expulsado del partido en 1915. Una ''cuestión caballeresca" determinó la expulsión, ya que los estatutos partidarios prohibían expresamente batirse a duelo por considerarlo una actitud burguesa. Renunció también a su banca en la Cámara de Diputados. Algunas frases de su discurso de despedida son muy representativas del tono de su oratoria romántica y de su notable vanidad: "Una disidencia en materia de honor me separa del partido al que di los mejores años de mi vida, y debo irme, mi honor, señores diputados, es mi dignidad exteriorizada en el conjunto de autos que forman mi conducta y nada hay más subjetivo que la dignidad. No he de discutirlo (...) Me retiro de este recinto sin que un solo agravio, sin que un solo rencor manche mi espíritu, reafirmando, señores diputados, mi profunda fe socialista, no obstante el prejuicio caballeresco, que no he podido arrancar de mi alma, porque me viene de raza, porque lo tengo en mi sangre criolla y castellana!: prejuicio que, como socialista no puede avergonzarme: lo tuvo Lasalle, el maestro a la vez que caballero sin tacha; lo tuvo Jaurés, apóstol de la paz y de a democracia moderna; lo tiene Vandelvelde, el sabio y austero compañero nuestro, hijo de la Bélgica inmortal."
Palacios fundó luego el Partido Socialista Argentino con algunos jóvenes que lo siguieron. Pero las "cuestiones caballerescas", aparte las disidencias de Palacios con el P.S.- no eran demasiado profundas. Por ejemplo respecto de la Revolución Rusa el P.S. no ocultó sus prevenciones y luego directamente, su oposición. Palacios apoya en cambio la táctica de los bolcheviques para lograr el poder e incluso la dictadura del proletariado proclamada por Lenin: La dictadura del proletariado que se apoya en cuatro millones de sindicatos y en más de 600.000 afiliados al Partido Comunista, fue necesaria en Rusia no porque ella surgiera de una frase de Marx sino porque así lo exigían las circunstancias especiales en las que se desarrollaba el drama estupendo cuyo escenario era Rusia" (Palacios El nuevo Derecho). Pero esto no significa que este ideológicamente de acuerdo: "No es la obra de los teóricos lo que apasiona. Cuando Lenin quiere ser ejecutor testamentario de Marx, es simplemente un fanático sin el sentido de las realidades y la ductibilidad que demuestra después en la acción" (ídem). En esas circunstancias particulares se justifica la dictadura del proletariado; en cambio en la Argentina ''Podemos concretar jurídicamente el socialismo, valiéndonos del propio derecho, para destruir el derecho en vigor, sin conmociones intensas...", y vuelve a coincidir con el P.S. cuando dice: "Para que los obreros piensen en reformas progresivas, sin violencias perturbadoras será preciso que nuestro parlamento deje sus pequeñas combinaciones electorales y se apresure a dictar leyes de justicia social. Mucho me temo que no lo haga por ineptitud y por pereza. Los universitarios, entre tanto, debemos reclamar constantemente esta renovación (ídem) Otra vez aparece la misión progresista de los socialistas que deben civilizar no sólo al pueblo sino también al parlamento.
Hemos hecho referencia ya al nacionalismo de Palacios y a su antiimperialismo. En efecto, Alfredo Palacios fue fundador y presidente en 1925, de la “Unión Latino Americana'' institución compuesta por intelectuales destinada a denunciar las intervenciones yanquis en el continente y a predicar el acercamiento entre los países latinoamericanos. Más tarde -durante la década del 30-, participó de varias comisiones encargadas de investigar la acción de los monopolios extranjeros. Pero combatía al imperialismo (especialmente el norteamericano) por sus abusos, aunque le reconocía un papel civilizador (especialmente al capital inglés): "El capital extranjero, rehuyendo el gravamen patriótico que imponen los países europeos, vendrá aquí en busca del mercado remunerativo. Vendrá porque tiene todas las garantías y es bueno que venga, pues nuestra característica de pueblo nuevo, en formación, sin reservas acumuladas nos demuestra la necesidad de atraerlo y de asegurarle garantías si queremos alguna vez transformar, nosotros mismos, nuestras materias primas" (Palacios. El nuevo Derecho) Nada demasiado distinto a la doctrina oficial.
Volviendo al Partido Socialista Argentino (PSA) fundado por Palacios, cabe agregar que éste asumió posiciones más combativas que el P.S.; por ejemplo, durante la Semana trágica" de enero de 1919. De todos modos, tuvo corta vida y poco éxito: y se disolvió en 1919. Su fundador volvió en 1931 al P.S. e, inmediatamente, fue elegido senador, aunque siguió batiéndose a duelo con todo entusiasmo. Durante los años de su alejamiento fue profesor universitario, llegó a rector en la Universidad de La Plata y adhirió activamente a la Reforma. Desde entonces arrastró tras de su figura a un sector de los estudiantes reformistas.
Los
socialistas internacionales
Hemos mencionado ya la fiebre electoralista que se
apoderó del P.S. luego de dictada la “ley Sáenz Peña''
esta tendencia, que ya antes había sido una de las
causas fundamentares de la escisión de los sindicalistas
revolucionarios, comenzó a provocar en el seno del
partido la polémica entre "revisionistas'' o reformistas
y revolucionarios que se daba en todos los partidos
socialistas del mundo y, en particular, en la
socialdemocracia alemana. La primera corriente,
representada por Bernstein, declaraba no estar de
acuerdo con algunas cuestiones "no esenciales'' del
marxismo, mientras la segunda, representada en principio
por Kautski y después por Lenin, sostenía la ortodoxia
marxista. En realidad, la polémica no era nada académica
porque de una o de otra corriente surgían dos
estrategias para llegar al socialismo, que se fueron
mostrando como totalmente opuestas e irreconciliables.
Para Bernstein el capitalismo evoluciona en el sentido
de una mayor democratización y un aumento de la
producción; esto permite a la clase obrera ir
consiguiendo mejores condiciones de vida y mayor
representación parlamentaria lo que en definitiva, la
conducirá al poder a través de una evolución pacífica.
Para Kautski esto significaba que se podían conciliar
los intereses de la burguesía con los del proletariado y
que la primera cedería gradual y voluntariamente su
poder, cosa que era imposible. Lenin hará luego una
crítica más radical agregando elementos no desarrollados
por Marx: desde fines del siglo XIX los países mas
fuertemente industrializados han logrado aliviar en
parte sus tensiones entre el capital y el trabajo
exportando capitales y mano de obra excedente hacia las
áreas coloniales, donde producen superganancias al mismo
tiempo que mejoran la situación de los capitales que
quedan en la metrópoli, produciendo también mayores
ganancias. De esa forma se elevan los salarios en el
país industrial y se forma una "aristocracia obrera"
que es la que permite sostener posiciones
"revisionistas". Pero como contrapartida, el
sistema produce una sobreexplotación de los trabajadores
en los países menos desarrollados: “la cadena se rompe
por el eslabón más débil” o sea que en estos países se
crean condiciones favorables para una revolución
socialista.
Es evidente que el Partido Socialista de la Argentina tendía a identificarse con la primera posición. Sin embargo se había formado una tendencia que defendía el marxismo ortodoxo, la que, en 1912, fundó el Centro de Estudios Carlos Marx. Luego esta corriente actuó en el Comité de Propaganda Gremial, descuidado por la dirección del partido, que no se interesaba demasiado por las cuestiones gremiales. Predominó también en las juventudes socialistas, que editaban el periódico Adelante. Las tensiones con la dirección comenzaron a agudizarse cuando se prohibió pertenecer al mismo tiempo a las juventudes y al partido y llegaron a su punto culminante al tratarse el problema de la posición del partido frente a la guerra de 1914
Hasta 1917, el partido se habla pronunciado por la no participación argentina en el conflicto, pero el hundimiento de un barco de bandera argentina por un submarino alemán, provocó una declaración del grupo parlamentario del partido, donde se reclamaban medidas de fuerza para proteger el comercio exterior de nuestro país y luego la ruptura con Alemania. La izquierda promovió entonces la reunión de un Congreso partidario para tratar la cuestión. En el Congreso triunfó la posición de la izquierda que caracterizaba a la guerra como antiimperialista, en la que la clase obrera no tenía nada que ganar y en la que por lo tanto, se debía mantener la neutralidad argentina, sin embargo, a pesar de la expresa resolución del Congreso partidario, la bancada socialista votó a favor de la ruptura con Alemania en el Parlamento. La justificación del voto estuvo a cargo del diputado Justo: "No tiene mayor significación declarar rotas estas relaciones y sin atribuir mucha importancia a nuestro voto, votaríamos eso como una resolución más o menos indiferente, por razones de mera comodidad o cortesía, con los ciudadanos que parecen anhelar su declaración como un gran hecho" (Esbozo de historia del partido Comunista)
Por supuesto que el partido no se sintió satisfecho con la explicación de que se trataba de "razones de mera comodidad o simpatía" y volvió a convocar otro Congreso para juzgar la actitud de los legisladores. El grupo parlamentario contestó con una hábil maniobra: presentó su renuncia colectiva por oponerse a la convocatoria del Congreso y pidió al Comité Ejecutivo que el partido la aprobara o rechazara a través de un referéndum. Los afiliados no quisieron, lógicamente, quedarse sin diputados y rechazaron la renuncia. La izquierda formo entonces el "Comité pro-defensa de la Resolución del III Congreso Extraordinario del Partido" y acusó de traidor al grupo parlamentario. La dirección de partido aprovechó entonces para expulsar a los afiliados que adherían al Comité. Los expulsados, fundaron en 1918 el Partido Socialista Internacional, que apoyó en forma entusiasta a la Revolución Rusa y más tarde pasó a llamarse Partido Comunista. Entre los hombres más, representativos que provocaron la ruptura estaban José Penelón, Rodolfo Ghioldi, Vittorio Codovílla, Luis Recabarren, Alberto Palcos, etc.- Fue la escisión más importante del partido.
Es evidente que el Partido Socialista de la Argentina tendía a identificarse con la primera posición. Sin embargo se había formado una tendencia que defendía el marxismo ortodoxo, la que, en 1912, fundó el Centro de Estudios Carlos Marx. Luego esta corriente actuó en el Comité de Propaganda Gremial, descuidado por la dirección del partido, que no se interesaba demasiado por las cuestiones gremiales. Predominó también en las juventudes socialistas, que editaban el periódico Adelante. Las tensiones con la dirección comenzaron a agudizarse cuando se prohibió pertenecer al mismo tiempo a las juventudes y al partido y llegaron a su punto culminante al tratarse el problema de la posición del partido frente a la guerra de 1914
Hasta 1917, el partido se habla pronunciado por la no participación argentina en el conflicto, pero el hundimiento de un barco de bandera argentina por un submarino alemán, provocó una declaración del grupo parlamentario del partido, donde se reclamaban medidas de fuerza para proteger el comercio exterior de nuestro país y luego la ruptura con Alemania. La izquierda promovió entonces la reunión de un Congreso partidario para tratar la cuestión. En el Congreso triunfó la posición de la izquierda que caracterizaba a la guerra como antiimperialista, en la que la clase obrera no tenía nada que ganar y en la que por lo tanto, se debía mantener la neutralidad argentina, sin embargo, a pesar de la expresa resolución del Congreso partidario, la bancada socialista votó a favor de la ruptura con Alemania en el Parlamento. La justificación del voto estuvo a cargo del diputado Justo: "No tiene mayor significación declarar rotas estas relaciones y sin atribuir mucha importancia a nuestro voto, votaríamos eso como una resolución más o menos indiferente, por razones de mera comodidad o cortesía, con los ciudadanos que parecen anhelar su declaración como un gran hecho" (Esbozo de historia del partido Comunista)
Por supuesto que el partido no se sintió satisfecho con la explicación de que se trataba de "razones de mera comodidad o simpatía" y volvió a convocar otro Congreso para juzgar la actitud de los legisladores. El grupo parlamentario contestó con una hábil maniobra: presentó su renuncia colectiva por oponerse a la convocatoria del Congreso y pidió al Comité Ejecutivo que el partido la aprobara o rechazara a través de un referéndum. Los afiliados no quisieron, lógicamente, quedarse sin diputados y rechazaron la renuncia. La izquierda formo entonces el "Comité pro-defensa de la Resolución del III Congreso Extraordinario del Partido" y acusó de traidor al grupo parlamentario. La dirección de partido aprovechó entonces para expulsar a los afiliados que adherían al Comité. Los expulsados, fundaron en 1918 el Partido Socialista Internacional, que apoyó en forma entusiasta a la Revolución Rusa y más tarde pasó a llamarse Partido Comunista. Entre los hombres más, representativos que provocaron la ruptura estaban José Penelón, Rodolfo Ghioldi, Vittorio Codovílla, Luis Recabarren, Alberto Palcos, etc.- Fue la escisión más importante del partido.
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