"Anarquistas y Socialistas"


Las transformaciones económicas producidas en la última década del silgo XIX dieron origen a una incipiente clase social, formada principalmente por trabajadores extranjeros, que no compartían ni el idioma ni la tradición cultural. Además, la crisis económica que padeció el país en 1890 añadió a los conflictos existentes aquellos suscitados por el desempleo y los bajos salarios. Finalmente, la acción de algunos militantes esclarecidos, venidos del exterior, desencadenó la formación de sociedades mutuales y asociaciones gremiales. Las huelgas y protestas masivas provocaron la reacción del Estado bajo la forma de la ley 4144 (Ley de Residencia), que permitía deportar a los dirigentes considerados más peligrosos.


Una transformación social.

         La modernización económica y la inmigración masiva modificaron la sociedad argentina. Ciudades como Buenos Aires y Córdoba, empezaron a contar con un mundo nuevo: el mundo del trabajo asalariado.
          Los trabajadores en su mayoría eran extranjeros con idiomas y culturas diferentes. Las condiciones de trabajo eran igualmente heterogéneas e inestables. Había trabajadores no calificados, que en tiempos de cosecha trabajaban en el campo, y alternaban las actividades rurales con la carga y descarga en el puerto, o la construcción de viviendas y obras públicas. Otros trabajaban en el servicio doméstico, y una cantidad considerable se desempeñaba en actividades comerciales o artesanales, en pequeños establecimientos diseminados por toda la ciudad.
          Algunos trabajaban a jornal y todos los días debían plantearse el problema del empleo; otros tenían ocupaciones permanentes, aunque todos estaban amenazados por la desocupación y el paro forzoso.
         
Factores de unión: desempleo, todos vivían en el viejo centro, abandonado por las familias tradicionales después de las grandes epidemias, o en barrios obreros de la zona sur, de la Boca a Pompeya. Compartían los mismos problemas de hacinamiento, de falta de asistencia sanitaria y de educación para sus hijos.
Una organización incipiente
         Cuando comenzaron a difundirse las ideas que les permitieron concebir una solución a sus problemas, la primitiva dispersión se fue transformando en organización. Las necesidades comunes estimularon la formación de sociedades de socorros mutuos y, finalmente, de las primeras asociaciones gremiales: en 1878 se formó la Unión de Tipógrafos (que encabezó una huelga) y progresivamente siguieron los carpinteros, panaderos, albañiles, sombrereros, etc.
         A partir de 1880 aumentaron tanto el desarrollo económico como la llegada de los inmigrantes, lo que sirvió para que se desarrollara la organización de los trabajadores. La mayoría de los inmigrantes ya traía ideas vinculadas con el anarquismo o el socialismo, las dos grandes tendencias de ese momento. Hacia fines de la década, algunas grandes huelgas preanunciaron la magnitud de los fenómenos futuros: en 1888 los ferroviarios pararon reclamando el pago de sus salarios en oro, y en 1889 hicieron otro tanto 3000 carpinteros.
Sindicalismo y política
         El de 1890 fue un año de crisis y agitación. Un grupo de organizaciones obreras y socialitas adhirió por primera vez al 1º de mayo, día de los trabajadores. Al año siguiente, anarquistas y socialistas se unieron para organizar la Federación Obrera Argentina (FOA), que desaparecería muy pronto a causa de las discrepancias de las dos tendencias.
        
Ni socialistas ni anarquistas abandonaron la lucha a pesar de los malos tiempos. Germán Avé Lallement, responsable de un grupo socialista, publicó en 1890 El Obrero, periódico de orientación marxista, y participó en la fundación de la FOA.
         La organización continuó: nacieron nuevos centros socialistas, bajo la forma de ateneos y centros barriales, que atrajeron no sólo a los trabajadores sino también a profesionales e intelectuales destacados, como Juan B. Justo, Roberto J. Payró o Julio Schiaffino. En 1894 apareció el periódico La Vanguardia, que desde entonces expresó las tendencias oficiales del socialismo, y en 1896 se constituyó el Partido Socialista.
         Por entonces, entre los grupos socialistas había madurado un cambio de orientación muy definido. El marxismo más ortodoxo de Lallement había dejado a orientaciones más afines con la socialdemocracia europea, y aun con las tendencias de quienes, con Eduard Bernstein, proponían una revisión del marxismo. En 1901 una viva polémica entre José Ingenieros y el dirigente obrero Adrián Petroni puso de manifiesto la controversia entre revisionistas y reformistas.
         Los anarquistas evidenciaron divergencias entre sus grupos debido a su conformación heterogénea: individualistas, colectivistas bakuninianos, comunistas kropotkinianos y muchas otras fracciones.
         En las sociedades obreras convivieron y compitieron anarquistas y socialistas, a quienes los primeros apodaban “adormideras”, y las violentas controversias dieron por tierra con los sucesivos intentos de unificar a las primeras organizaciones obreras.
         Hacia principios el siglo XX, unos y otros constituían grupos reducidos de militantes, consagrados a la difusión de “la idea”.
       
Los militantes desarrollaban su contenido a través de arengas y discursos, y sobre todo en una cantidad de publicaciones, que desaparecían y eran reemplazadas al poco tiempo por otras de título diferente y características similares. Eran sostenidos económicamente por sus militantes. Por lo general no se vendían públicamente, sobre todo después de que el Estado comenzó a reprimir sus actividades. 
Las tendencias de la organización obrera.
         Los trabajadores tuvieron tres opciones, dispuestas a conformar sus reclamos y buscarles una solución: socialismo, anarquismo y sindicalismo. Las dos primeras predominaron en los comienzos del movimiento obrero y popular; la tercera, más tardía, habría de tener una presencia mucho más perdurable en el movimiento obrero argentino.
         Los artesanos y trabajadores de pequeños talleres, orgullosos de su oficio y celosos de su individualidad, adhirieron al mensaje anarquista: sastres, sombrereros, panaderos, herreros. Pero quienes más se identificaron con este mensaje fueron los trabajadores extranjeros no calificados, analfabetos en su mayoría, mal arraigados aún, que no estaban en condiciones de entender argumentos muy complejos o abstractos. El objetivo final no admitía concesiones: no se aceptaba ni la adquisición de la nacionalidad, ni la escuela pública, ni mucho menos el sufragio y la participación en las instituciones gubernamentales.
        
El socialismo se diferenciaba profundamente del anarquismo, y por ello mismo apelaba a otros sectores del mundo del trabajo, particularmente a los obreros más calificados, con un empleo estable, capaces por ello de adecuarse a ese ideal de vida ordenada que proponía el Partido Socialista. Pero los simpatizantes no eran solamente trabajadores, sino también pequeños comerciantes, rentistas y otros sectores, que admiraban en los socialistas no sólo su probidad y eficacia como administradores sino también su defensa de los intereses de quienes se definían más bien como consumidores, y que reclamaban precios bajos para los productos de consumo y alquileres. La dirección del partido, sin embargo, estaba en manos de “doctores”, como Juan B. Justo o Nicolás Repetto, médicos de indudable talento y devoción por los trabajadores, pero separados de ellos por razones de origen, formación intelectual, educación.
          El Partido Socialista, influido por la socialdemocracia y por el revisionismo, adoptó una línea reformista: el avance gradual hacia una sociedad futura que, a medida que se alejaba en el tiempo, adquiría un perfil difuso que contrastaba con la inmediatez de la propuesta anarquista.
          Las propuestas abarcaban lo que había que hacer cada día. La huelga, y en general la acción sindical, sólo eran útiles “en determinadas circunstancias de lugar y de tiempo”. En cambio, confiaban plenamente en la acción política: los trabajadores (en su mayoría extranjeros) debían naturalizarse e inscribirse en los registros electorales; votar luego y llevar a la Cámara diputados socialistas, quienes impulsarían a través de la legislación la reforma paulatina de una sociedad cuyos aspectos positivos, como la escuela pública, los socialistas no tenían empacho en subrayar.
         
En 1904, en las únicas elecciones por el sistema de circunscripciones, Alfredo Palacios ganó en La Boca y pasó a ser el primer diputado socialista de América. Ya en 1912, con el régimen de la ley Sáenz Peña, los socialistas obtuvieron siempre excelentes resultados en la Capital, consagrando diputados y senadores. Junto al programa “máximo” había otro “mínimo”, que concitaba un frente de apoyo muy amplio, que excedía a los trabajadores.
          Desde el punto de vista sindical, los socialistas entendían que una escrupulosa administración rendiría mejores frutos que la actitud lírica de los anarquistas, su desinterés por los aspectos burocráticos y por la atención cotidiana de los asuntos.
          Los gremialistas socialistas se enfrentaban no solamente con los anarquistas sino también con los dirigentes de su propio partido, que les imponían una férrea conducción y les daban bastante poco poder de decisión. Un importante grupo se apartó en 1903 y constituyó la tendencia “sindicalista”, que en 1906 ganó el control de la UGT y progresivamente conquistó un amplio espacio en el movimiento obrero: ferroviarios, marítimos y portuarios, predominando los trabajadores argentinos.
         
Los sindicalistas coincidían con los socialistas en el gradualismo y en la necesidad de lograr progresivamente las mejores, aunque los objetivos finales de esa lucha eran aún más borrosos que los de los socialistas. No creían en el valor de la lucha política, y sí en la lucha económica, que debía realizarse a través del sindicato.
Cambios en el Estado
         La política de modernización de la economía y de la sociedad que esos sectores habían llevado adelante en las décadas finales del siglo XIX se apoyaba en un sólido optimismo, en la confianza de un progreso sostenido, donde la inmigración jugaba un papel decisivo. Pero a medida que los conflictos sociales se intensificaban, la confianza dejó lugar a la preocupación. Ese miedo empezó a fraguar una figura amenazadora, la del “mal inmigrante”, que no había respondido lealmente a la invitación recibida. El Estado trató de infundir la idea de patria a través de la enseñanza, pero, al mismo tiempo, buscó métodos de control sobre aquellos extranjeros indeseables y revoltosos.
          De acuerdo con esto, en 1902 se sancionó la ley 4144, llamada “de Residencia”, propiciada por el senador Miguel Cané, que confería al gobierno la facultad de expulsar al extranjero sin juicio. La ley aludía a los conflictos sociales y su sanción marca uno de los extremos de la actitud dura y anticonciliadora de la élite, la misma que llevó a reprimir con violencia el alzamiento radical de 1905 o a negarse a cualquier flexibilización política.

          No había unanimidad respecto de los métodos a emplear para proteger el edificio social. Junto a la dureza de algunos sectores, hubo otros que comprendieron las ventajas de una actitud más flexible, que concediera en ciertas áreas.
         
En 1904 Joaquín V. González presentó en el Congreso un proyecto de Código del Trabajo. Inspirado en uno similar francés, fue elaborado junto con personalidades como José Ingenieros, Manuel Ugarte y Juan Bialet Massé, autor de un minucioso informe sobre la vida de los trabajadores.
          Se establecía el pago obligatorio del salario en dinero (muy común era el pago en vales) y algunas normas sobre el contrato de trabajo. Normas sobre accidentes, sobre trabajo femenino e infantil y trabajo domiciliario; sobre jornada del trabajo, limitada a 48 hs semanales. Se reconocían las agrupaciones obreras estipulando pautas de funcionamiento. La huelga era aceptada como recurso de excepción, debiendo procurar evitarla, mucho menos por coacción, como se acostumbraba.
          El Congreso finalmente no trató el proyecto, que tampoco obtuvo un gran apoyo en el campo obrero. Los socialistas, algunos de cuyos dirigentes habían participado en la elaboración del programa, lo aceptaron con reservas en lo que hacía al control de los sindicatos. La UGT, sindicalista, lo rechazó parcialmente y la FORA, identificada ya definitivamente con el comunismo anárquico, rechazó la idea misma de que el gobierno pudiera intervenir en la lucha social.
         
Algunas de las disposiciones contenidas en el Código fueron luego convertidas en ley por el Congreso: la del descanso dominical y la de regulación del trabajo femenino e infantil, en 1905, y la de accidentes de trabajo, en 1915.

Fuente: Félix Luna 

No hay comentarios:

Publicar un comentario